Sí. Estaba buscando un resquicio de Nocilla en la nevera y quizás el ademán de la falda, o el giro, me hizo recordar el momento más rebelde de mi vida. O al menos, el que aún puedo masticar en el aire mientras me transporto a una gran cuna al lado de una ventana.
La chica era una estúpida. Estaba harta de sus gritos.
Pero no hablemos de ella. Hablemos de mis pantalones estirándose, de mis zapatillas, de la ventana que daba a Utrecht (pero con cortinas hasta el suelo). No quise trabajar ese día. Y el pobre americano bajito se quedó barriendo, fregando, cortando, limpiando, levantando juguetes y explotando el gerundio mientras yo me encerré en un cuarto oscuro, muy oscuro.
Y fue el momento más rebelde que aún se puede masticar entre tostada y tostada. Entre zueco y zueco.
Já.
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